PIRATAS Y TIBURONES por Hernan Casciari
La semana pasada, la exitosa escritora valenciana Lucía Etxebarría (Beatriz y los cuerpos celestes, Un milagro en equilibrio, Premio Planeta 2004) anunció su retirada indefinida del mundo literario como forma de protesta contra la piratería. Una parte del mundo editorial salió a apoyarla, pero Hernán Casciari, autor de la “blogonovela” Más respeto que soy tu madre (adaptada para el teatro por Antonio Gasalla) y editor de esa exitosa rareza que es la revista Orsai (sin publicidad y con venta anticipada) dio a conocer esta carta en la que dice a Lucía que no es para tanto y que los malos están en todos lados.
Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de publicar. “Dado que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros”, dijo ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la industria editorial la arropó: “Pobrecita, miren lo que Internet les está haciendo a los autores”.
A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero les pagamos (extremadamente bien) a todos los autores. Los pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en Internet.
Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.
Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón?
La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.
Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: “qué bueno, cuánta gente me lee”. Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: “qué espanto, cuánta gente no me compra”.
El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.
El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.
Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:
me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me dice que están preparando una Antología de la Crónica Latinoamericana Actual. Y que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, “un cuento que se llama tal y tal, que nos gusta mucho”.
Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.
A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:
“Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo de Fulanito de Tal. El ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las páginas firmadas a la siguiente dirección” (y pone la dirección de Prisa Ediciones, Alfaguara).
Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.
Al cuento que me piden lo llaman “La aportación”. En la cláusula 4 dice que “el editor podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo de cien mil (100.000)”. En la cláusula 5, ponen: “Como remuneración por la cesión de derechos de ‘La aportación’, el editor abonará al autor cien euros (¿100?) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las retenciones que correspondan”.
Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil libros o cien mil libros. El autor siempre se llevará cincuenta y tres euros. ¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?
Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:
“Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras derivadas e incluso usos comerciales de cualquiera de los cuentos, siempre que digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa porquería legal espantosa. Un beso.”
La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino otra persona:
“Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el contrato para que no tengamos problemas en el futuro. ¡Saludos!”
Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?
La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer.
–¿Me das eso? –dice el abuelito.
–Sí, abuelo, tomá.
–No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te escupo.
–No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.
–¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!
–¿Pero por qué, abuelo?
–Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.
–Bueno, abuelo, otro día hablamos… Te quiero mucho.
Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.
No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto. Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.
Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus historias de la red.
No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas.
Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer todo el mundo.
Esa misma tarde mandé un mensaje al convento anunciando mi llegada para el día siguiente. La madre superiora, una cincuentona de expresión severa, me recibió a las once de la mañana en una habitación limpia y helada, y con las primeras frases que intercambiamos comprendí que mi profesión le inspiraba una profunda desconfianza, pero que el caso de sor Teresita, la monja de la que debía ocuparse el doctor Weiss, aparentaba ser más grave de lo previsto, y sin duda les traía no pocos inconvenientes, ya que de otro modo no se hubiesen resignado a recurrir a nosotros. En el transcurso de la conversación sin embargo, creí entender que la orden de contratar los servicios del doctor Weiss había venido desde Buenos Aires. Durante mi entrevista con la madre superiora, no pude abstenerme de sonreír en mi fuero interno, ante esa nueva prueba de que la locura, con su sola presencia, trastoca e incluso desbarata los proyectos, las jerarquías y los principios de la gente llamada cuerda. La madre quería obtener de mi parte una absurda promesa explícita de discreción, y ante su insistencia tan poco pertinente, que involucraba casi una ofensa, debí responderle con frialdad que una promesa explícita en ese caso particular resultaba superflua, ya que la discreción, desde Hipócrates, era el principio mismo de nuestra ciencia. Sin reaccionar ante la firmeza de mi respuesta, pero entornando los párpados para que nuestras miradas no se encontraran mientras durase su relato, la madre superiora me refirió, con muchos sobreentendidos y circunloquios, luchando a duras penas contra un pudor en ella más que comprensible por el carácter penoso de los hechos que me refería, la historia de sor Teresita. Esa monja, que había venido de España al Perú primero, y que por disposición de su orden, las Esclavas del Santísimo Sacramento, había sido transferida a la ciudad, era según la madre superiora una persona bastante ingenua y muy devota, incluso proclive a ciertos excesos místicos que le habían valido algunas amonestaciones y llamadas al orden. De origen humilde, y a pesar de no haber recibido más educación que la indispensable que requería su formación religiosa, tenía una fuerte propensión literaria con la que expresaba, según la madre superiora, su devoción a Cristo y al Santísimo Sacramento. Una de las principales tareas de la orden era ocuparse de las mujeres de mala vida que, por desgracia según la madre superiora y, pensaba yo para mis adentros, para beneplácito de mi maestro, abundaban en América, apostolado al que la hermanita se había dedicado, igual que con todo lo que emprendía, con un ardor excesivo, llegando a frecuentarlas con demasiada asiduidad y familiaridad, lo que dio lugar a ciertos malentendidos. El temperamento vehemente de la hermanita, que se manifestaba siempre de manera demasiado espontánea, había alimentado las comidillas de la ciudad, donde el ocio casi permanente de los habitantes, según la madre superiora, originaba de un modo fatal esa propensión a ocuparse de la vida ajena. Pero todo eso según la madre superiora no era grave en comparación con el verdadero drama que había tenido lugar a fines del año anterior. Un hombre que habían conchabado para ocuparse del jardín, del huerto y del corral, ya que había tantos desocupados en la ciudad según la madre superiora que era más seguro emplearlos en algo porque de otra manera se transformaban en vagabundos y delincuentes, y que venía trabajando para el convento desde hacía varios meses, empezó a abusar en secreto de la hermana, sometiéndola a toda clase de vejámenes bestiales, y amenazándola de muerte si se atrevía a contárselo a alguien. Como es natural, la madre superiora suprimió los detalles demasiado penosos, pero no me costó mucho comprender, por las manchas rojas que se encendieron en sus mejillas, que el recuerdo de esos detalles despertaba en ella una viva emoción. Un día, a la hora de la siesta, ella misma, la madre superiora, los había sorprendido en la capillita, tirados en el suelo al pie del altar, sumando según ella a la satisfacción bestial de los instintos carnales el sacrilegio. El jardinero fue arrestado de inmediato, y seguía todavía en la cárcel, pero en sor Teresita las consecuencias habían sido devastadoras, hasta hacerle perder la razón. La hermanita era frágil por naturaleza, y en los meses previos a lo sucedido, ella, la madre superiora, había podido observar en sor Teresita los signos de una perturbación más fuerte que de costumbre, sin sin embargo llegar a imaginar en ningún momento que esos leves estados de agitación, esa inestabilidad atenuada pero constante, esos pasajes súbitos de la risa a las lágrimas y esa devoción excesiva al Crucificado, exacerbados por el drama sórdido que le tocaría vivir, terminarían precipitándola en la demencia. Si bien en medio de su agitación surgían períodos de calma, y si la mayor parte del tiempo su aspecto exterior no revelaba en nada la presencia de la locura, siguió explicándome la madre superiora, eran tales y tan inesperados sus cambios bruscos de conducta, la alteración en los modales y en el lenguaje, que al principio algunos miembros dela Iglesiahabían creído hallarse ante un caso de posesión diabólica, debatiendo la posibilidad de referirla ala Inquisición, pero el cura exorcista de la ciudad, teniendo en cuenta los vejámenes de que la hermanita había sido víctima, consideró que había una causa conocida precisa en su manera de actuar y que las cosas debían ponerse en manos de la justicia y de la medicina. Las autoridades eclesiásticas de Buenos Aires se habían expedido sobre el caso de la misma manera. Entre las personas que la madre superiora citó reconocí dos que, contra la opinión bastante generalizada entre los miembros influyentes del clero, eran favorables a la institución y a los métodos terapéuticos del doctor Weiss. A mi modo de ver, la opción por la interpretación nosológica del caso a expensas de la interpretación demonológica, era menos una prueba de sentido común por parte de las autoridades eclesiásticas, que de una voluntad de discreción, ya que muchas veces habíamos conversado con el doctor Weiss acerca de un hecho innegable, a saber que en Europa, en los últimos dos siglos, muchas mazmorras en los hospitales de alienados habían sido ocupadas con discreción por desdichados que hubiese sido demasiado ruidoso mandar a la hoguera. Pero de ese triste papel de cárcel vergonzante que muchas familias pensaban que era nuestro designio interpretar, nos ponían al abrigo nuestra formación en los hospitales de París, y la reflexión constante que se hacía enla Casa, bajo la dirección esclarecida de mi maestro, sobre la evolución necesaria de nuestra disciplina. Para nosotros, el ejercicio riguroso de la ciencia médica era la única forma posible de caridad.










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Las construcciones de Odiseo, sin embargo, revelaban un sentido que parecía simbólico: el hambre, en la primera etapa diurna del apetito cotidiano. Hasta se podía observar que llegadas a cierta altura imposible de sobrepasar, Odiseo sentía la necesidad de destruirlas. Eso ocurría en el instante en que, todas las mañanas, debía salir en busca del sustento. Al día siguiente crecían otra vez, a manera de juego. Pero era que el hambre, de ese modo, no quedaba satisfecha después de comer, aunque –lo que no era probable en estos contornos- se asistiera a un festín. El hambre no era sólo una pasajera necesidad de las vísceras, sino que las trascendía y llegaba a convertirse en un estado permanente y espiritual. El hambre persistía aún después de haber comido, puesto que ningún alimento era capaz de satisfacer o aquietar la inseguridad de volver a comer cuando reaparecieran con esa fatal terquedad de la vida (como reaparecen –puesto que tienen que respirar- las cabezas de los macaes que bajan al río en las siestas de verano) la languidez y los dolores de estómago. Y aun cuando se los pudiera eliminar cada vez que aparecían (lo que allí era tan improbable como acertarle un tiro a la cabeza de un macá), el hambre persistiría porque ella iba incrustada en el alma. Desde antes de nacer los ha penetrado con esa avidez sustancial, contagiándoles el deseo indiferenciado de ingerir no importa qué alimento ni a qué hora del día y de pensar en ello, de estarse sometido a ello aún después de haber satisfecho el pasajero apetito.
Uno de los perros estaba en la casa. Jude despertó poco después de las tres de la mañana, al escuchar los ruidos que hacía el animal caminando por el pasillo, además de un crujido y un ligero silbido. Era como si alguien se moviese por allí, inquieto. Sonó un suave golpe en la pared.







