
Fragmentos de esta novela del irlandés J. P. Donleavy que combina el drama y lo cómico, balancéandose desde la primera y la tercera persona, una redacción plagada de puntos que a veces parece fragmentaria, pero intensa. Medio delirante, sí, pero genial. Lamentablemente es un libro casi inconseguible, digo casi porque yo lo conseguí, así que, a revolver las librerías de usados, las bibliotecas de los padres, tíos/as, amigos/as, bibliotecas populares, lo que sea. Pero léanla, yo sé lo que les digo.
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Tengo que atravesar esta puerta y dormir. Descorro la espesa cortina roja para que mañana me despierte la luz. Cae la nieve bajo el farol de la calle. Una casa ajena se siente como propia cuando está llena de extraños. Helen, nunca te hubiese traído a un cuarto como este. Me produce la sensación de que te obligo a compartir la pobreza porque esta no es la clase de sitio donde hubieras podido vivir. Tu sitio eran los cuartos de baño con níqueles relucientes y toallas tibias. Mira en cambio este inmundo material plástico. Parece imposible que estuvieras en ese estudio mientras Vine y yo hablábamos. Y no debimos hablar así. Pero hablamos. Como si hubieras sido un objeto cualquiera. Helen no es un objeto. Es mía. Se la llevaron. Se fue. Adonde está más cerca de mí. La tengo metida en la cabeza. Estuvo conmigo cuando yo iba y venía por el barco sin poder soportar que me miraran cuchicheando. Nuestra mesa en el centro del comedor. Todos pensaban en aquel día, cuando dieron el baile de gala, con sombreros de papel y globos, y Helen estaba sentada ante la mesa y lloraba, el pañuelo rosado metido en tu manga y perlas como gotas minúsculas en tu cara y ninguno volvió a verte. Hasta fueron capaces de ir hasta la puerta de mi camarote después de que te moriste para tratar de oír si lloraba.
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Y recordé cuando yo era niño. Cuando sin duda miraba a través de esas tierras. Envíado desde Brooklyn por mi tío. Llevando de la mano a mi hermano menor. Para ir a vivir a la parte trasera de una casa. Con una madre adoptiva y un padre adoptivo y una hermanita y un hermanito adoptivos. Me orinaba en la cama. Y por las mañanas la mujer me gritaba. Aquel verano todo mi consuelo fue asomarme en las noches por mi ventana del Bronx. Esperando que estallaran en el aire los primeros fuegos de artificio. De la Feria Mundial. Una esfera y una torre como un miembro viril. Una erección en Flushing Meadow Park. Me la imaginaba como un lugar verde lleno de leche y miel, y con gente de todo el mundo caminado aquí y allá con ángeles posados en los brazos y pegajosos chupetines de todos los gustos en la boca. Todas las noches tardaba en dormirme porque mi hermano menor me preguntaba sin cesar por qué no venían nuestros padres. Me decía: Por favor, hermano tráelos. Tenía que dejar la ventana para ir a tomarle la mano. Y a veces, en las oscuras tardes tormentosas y llenas de relámpagos, se arrodillaba y con la cara mojada de lágrimas suplicaba a Dios que le devolviera a su mamá, si es que no quería devolverle a su papá.
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Una mujer de chaqueta blanca y piernas elegantes se pone de pie para guiar a Christian a través de una puerta. Tras su escritorio está sentado un médico minúsculo de pelo blanco y ojos parpadeantes. Abajo la ciudad y la lluvia. El río Hudson y las escarpadas empalizadas de piedra. Y después de una mirada a Central Park y las calles demenciales de Harlem, los ojos se posan en los tristes, ignorados, góticos esplendores del Bronx.
-Adelante: Qué problema tiene, muchacho. Siéntese. Usted es amigo de Clarance. Clarance es un hombre muy inteligente. Tiene el mejor trabajo que pueda imaginarse. A todo el que acude a él lo mete en un cajón. No se necesitan curas. Un cirio, música, flores y un viaje en limousine. ¿Sabe por qué tengo mi oficina en este piso tan alto? Se lo diré. Es para mirar hacia abajo y ver a todos los imbéciles. Esta ciudad está llena de imbéciles. ¿Usted quiere vivir mucho? No le rece a Dios. Eso lo aburrirá y lo matará antes de tiempo. Bueno, dígame qué le pasa. A mí nunca me pasa nada. Tengo ochenta y seis años. ¿Sabe por qué nunca me pasa nada? Se lo diré. No digo macanas. Por eso he llegado a los ochenta y seis. Ahora dígame qué problema tiene.
-Me desmayé durante un juicio.
-Muy inteligente. ¿Cuántos dedos tengo levantados?
-Tres.
-¿Dolores de cabeza?
-No.
-Bien. Ahora ábrase la bragueta y ordéñese. Bien. Ahora tóquese la punta de los pies. Bien. ¿Va de cuerpo normalmente?
-Sí.
-Bueno. Si come bien, caga bien y trabaja bien, nada puede matarlo, salvo una larga vida. Mando la cuenta a Vine y usted vive en paz el resto de sus días. ¿Qué le parece?
-Espléndido.
-Usted parece vivo. ¿Es inteligente?
-Espero que sí.
-Bueno, vale la pena ser inteligente en esta ciudad. Donde todo es robar o vender. La gente está preocupada por los crímenes. Pero le diré una cosa. Sin el crimen esta ciudad se hundiría. Todos vienen a verme. Quieren que les dé inyecciones en el trasero. En esta ciudad nadie se siente bien hasta que no les clavan una aguja en las nalgas. Entonces tomo ésta. Gorda como un cigarro. Las mujeres se levantan el vestido y se bajan los calzones y cuando ven que me acerco con ésta salen corriendo. Dicen: Dios santo, doctor, no pensará clavarme semejante aguja en el culo. Les comento que soy demasiado viejo para galanterías. Y que les voy a clavar la aguja en el culo sin miramientos. ¿No era eso lo que querían? Soy un buen médico y uso una aguja muy grande. Bueno, entonces ya no quieren esta aguja. ¿Sabe qué les doy entonces? Una penitencia. Las mando a sus casas para que usen sus cejas. Dios nos dio cejas para retener el sudor. Así que váyanse a sus casas y cepillen el piso de la cocina. De rodillas. El piso entero. Hasta que brille. Esa es la cura. Para usted también. La gente se cree que puede quedarse sentada sobre sus culos gordos y chatos para que después les pongan en ellos una inyección y ser muy saludables. Esas son patrañas. Así que, muchacho, lárguese de aquí. Está muy bien. Trate de no pescarse una sífilis o una gonorrea. Cuidado con las ladillas. Lávese el culo con agua y jabón después de cagar. Camine dos kilómetros por día. Y no oiga a los imbéciles. Y espere antes de irse. ¿Sabe cómo darse cuenta si una mujer es realmente hermosa?
-No.
-Es fácil. Usted sabrá que una mujer es hermosa cuando sienta ganas de besar el asiento de su inodoro. Adiós. Y cuidado con los imbéciles. Espere un minuto. ¿Sabe qué es Dios?
-No.
-Dios es lo que son sus deseos. ¿Cuáles son sus deseos? Mucha carne y poca plata. De modo que Dios es mucha carne y poca plata. Cuidado con la gonorrea. También ataca la garganta. Eh, espere un minuto. ¿Sabe que soy soltero? Enterré a tres amigas. Debí haber muerto tres veces. ¿Sabe por qué no me muero? Porque les digo a las mujeres lo que deben hacer. Adiós. Eh, espere un minuto. No se olvide. Cuidado con los imbéciles. ¿Sabe por qué? Porque acaba de conocer a uno.
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J. P. Donleavy en Wikipedia
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