No hagas hoy lo que puedas dejar para mañana

 

Procrastinación

La procrastinación (del latín: pro, adelante, y crastinus, referente al futuro) o posposición, es la acción o hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes y agradables.

Se trata de un trastorno del comportamiento que tiene su raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad (estrés). Éste puede ser psicológico (en la forma de ansiedad o frustración), físico (como el que se experimenta durante actos que requieren trabajo fuerte o ejercicio vigoroso) o intelectual. El término se aplica comúnmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. El acto que se pospone puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquietante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido, es decir, estresante, por lo cual se autojustifica posponerlo a un futuro sine die idealizado, en que lo importante es supeditado a lo urgente.

También puede ser un síntoma de algún trastorno psicológico, como depresión o TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad).

 

Fuente: Santa Wikipedia

Los suicidas, de Antonio Di Benedetto

 “Todos los hombres sanos han pensado en su suicidio alguna vez” (Albert Camus)

Pienso en papá. Yo era como este niño, el lustrador, así de pequeño. Supe que había muerto, ignoraba cómo. Lloré hasta secarme, dormí, desperté, la ceremonia seguía, las visitas susurraban. Alguien, posiblemente mi madre, clamaba: “¡Muerte injusta!” Comprendí lo de injusta -nos dejaba sin él-, pero no pude entender cómo la Muerte se introdujo en la casa y se apoderó de papá. Porque en la mañana él estaba vivo, de pie y sano como cualquiera, y murió en la tarde mientras había sol, y yo tenía el convencimiento de que la Muerte era una figura siniestra que daba sus golpes en la oscuridad de la noche.

Pregunto, al niño que me lustra los zapatos, qué es la muerte.

Levanta sus ojos marrones y me considera, desde abajo, entre sorprendido e intimidado, si bien no cesa de cepillar.

Mi pregunta ha sido excesivamente abstracta. Me corrijo y sonrío, para atraerlo:

-¿Nunca murió alguien que conocías, un vecino, un tío?…

El chico se encorva sobre su trabajo, se concentra y dice:

-Sí, mi papá.

Callo.

Él me espía, con curiosidad: advierto que no me rechaza. Procuro establecer -¿he comenzado mi tarea?- qué conoce de los alcances de la muerte, dónde supone que está el que muere.

Contesta que el padre está en un nicho, pero la madre, al principio contaba que se fue de viaje, y ahora dice que está en el cielo. Él no lo cree. ¿No cree en el Cielo? En el Cielo sí, pero el Cielo es para los buenos y el padre le pegaba a la madre.

Estoy pasando un día cargado de muerte. Es suficiente.

Antonio Di Benedetto

Cuento de hadas en Nueva York, de J. P. Donleavy

Fragmentos de esta novela del irlandés J. P. Donleavy que combina el drama y lo cómico, balancéandose  desde la primera y la tercera persona, una redacción plagada de puntos que a veces parece fragmentaria, pero intensa.  Medio delirante, sí, pero genial. Lamentablemente es un libro casi inconseguible, digo casi porque yo lo conseguí, así que, a revolver las librerías de usados, las bibliotecas de los padres, tíos/as, amigos/as, bibliotecas populares, lo que sea. Pero léanla, yo sé lo que les digo.

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Tengo que atravesar esta puerta y dormir. Descorro la espesa cortina roja para que mañana me despierte la luz. Cae la nieve bajo el farol de la calle. Una casa ajena se siente como propia cuando está llena de extraños. Helen, nunca te hubiese traído a un cuarto como este. Me produce la sensación de que te obligo a compartir la pobreza porque esta  no es la clase de sitio donde hubieras podido vivir. Tu sitio eran los cuartos de baño con níqueles relucientes y toallas tibias. Mira en cambio este inmundo material plástico. Parece imposible que estuvieras en ese estudio mientras Vine y yo hablábamos. Y no debimos hablar así. Pero hablamos. Como si hubieras sido un objeto cualquiera. Helen no es un objeto. Es mía. Se la llevaron. Se fue. Adonde está más cerca de mí. La tengo metida en la cabeza. Estuvo conmigo cuando yo iba y venía por el barco sin poder soportar que me miraran cuchicheando. Nuestra mesa en el centro del comedor. Todos pensaban en aquel día, cuando dieron el baile de gala, con sombreros de papel y globos, y Helen estaba sentada ante la mesa y lloraba, el pañuelo rosado metido en tu manga y perlas como gotas minúsculas en tu cara y ninguno volvió a verte. Hasta fueron capaces de ir hasta la puerta de mi camarote después de que te moriste para tratar de oír si lloraba.

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Y recordé cuando yo era niño. Cuando sin duda miraba a través de esas tierras. Envíado desde Brooklyn por mi tío. Llevando de la mano a mi hermano menor. Para ir a vivir a la parte trasera de una casa. Con una madre adoptiva y un padre adoptivo y una hermanita y un hermanito adoptivos. Me orinaba en la cama. Y por las mañanas la mujer me gritaba. Aquel verano todo mi consuelo fue asomarme en las noches por mi ventana del Bronx. Esperando que estallaran en el aire los primeros fuegos de artificio. De la Feria Mundial. Una esfera y una torre como un miembro viril. Una erección en Flushing Meadow Park. Me la imaginaba como un lugar verde lleno de leche y miel, y con gente de todo el mundo caminado aquí y allá con ángeles posados en los brazos y pegajosos chupetines de todos los gustos en la boca. Todas las noches tardaba en dormirme porque mi hermano menor me preguntaba sin cesar por qué no venían nuestros padres. Me decía: Por favor, hermano tráelos. Tenía que dejar la ventana para ir a tomarle la mano. Y a veces, en las oscuras tardes tormentosas y llenas de relámpagos, se arrodillaba y con la cara mojada de lágrimas suplicaba a Dios que le devolviera a su mamá, si es que no quería devolverle a su papá.

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Una mujer de chaqueta blanca y piernas elegantes se pone de pie para guiar a Christian a través de una puerta. Tras su escritorio está sentado un médico minúsculo de pelo blanco y ojos parpadeantes. Abajo la ciudad y la lluvia. El río Hudson y las escarpadas empalizadas de piedra. Y después de una mirada a Central Park y las calles demenciales de Harlem, los ojos se posan en los tristes, ignorados, góticos esplendores del Bronx.

-Adelante: Qué problema tiene, muchacho. Siéntese. Usted es amigo de Clarance. Clarance es un hombre muy inteligente. Tiene el mejor trabajo que pueda imaginarse. A todo el que acude a él lo mete en un cajón. No se necesitan curas. Un cirio, música, flores y un viaje en limousine. ¿Sabe por qué tengo mi oficina en este piso tan alto? Se lo diré. Es para mirar hacia abajo y ver a todos los imbéciles. Esta ciudad está llena de imbéciles. ¿Usted quiere vivir mucho? No le rece a Dios. Eso lo aburrirá y lo matará antes de tiempo. Bueno, dígame qué le pasa. A mí nunca me pasa nada. Tengo ochenta y seis años. ¿Sabe por qué nunca me pasa nada? Se lo diré. No digo macanas. Por eso he llegado a los ochenta y seis. Ahora dígame qué problema tiene.

-Me desmayé durante un juicio.

-Muy inteligente. ¿Cuántos dedos tengo levantados?

-Tres.

-¿Dolores de cabeza?

-No.

-Bien. Ahora ábrase la bragueta y ordéñese. Bien. Ahora tóquese la punta de los pies. Bien. ¿Va de cuerpo normalmente?

-Sí.

-Bueno. Si come bien, caga bien y trabaja bien, nada puede matarlo, salvo una larga vida. Mando la cuenta a Vine y usted vive en paz el resto de sus días. ¿Qué le parece?

-Espléndido.

-Usted parece vivo. ¿Es inteligente?

-Espero que sí.

-Bueno, vale la pena ser inteligente en esta ciudad. Donde todo es robar o vender. La gente está preocupada por los crímenes. Pero le diré una cosa. Sin el crimen esta ciudad se hundiría. Todos vienen a verme. Quieren que les dé inyecciones en el trasero. En esta ciudad nadie se siente bien hasta que no les clavan una aguja en las nalgas. Entonces tomo ésta. Gorda como un cigarro. Las mujeres se levantan el vestido y se bajan los calzones y cuando ven que me acerco con ésta salen corriendo. Dicen: Dios santo, doctor, no pensará clavarme semejante aguja en el culo. Les comento que soy demasiado viejo para galanterías. Y que les voy a clavar la aguja en el culo sin miramientos. ¿No era eso lo que querían? Soy un buen médico y uso una aguja muy grande. Bueno, entonces ya no quieren esta aguja. ¿Sabe qué les doy entonces? Una penitencia. Las mando a sus casas para que usen sus cejas. Dios nos dio cejas para retener el sudor. Así que váyanse a sus casas y cepillen el piso de la cocina. De rodillas. El piso entero. Hasta que brille. Esa es la cura. Para usted también. La gente se cree que puede quedarse sentada sobre sus culos gordos y chatos para que después les pongan en ellos una inyección y ser muy saludables. Esas son patrañas. Así que, muchacho, lárguese de aquí. Está muy bien. Trate de no pescarse una sífilis o una gonorrea. Cuidado con las ladillas. Lávese el culo con agua y jabón después de cagar. Camine dos kilómetros por día. Y no oiga a los imbéciles. Y espere antes de irse. ¿Sabe cómo darse cuenta si una mujer es realmente hermosa?

-No.

-Es fácil. Usted sabrá que una mujer es hermosa cuando sienta ganas de besar el asiento de su inodoro. Adiós. Y cuidado con los imbéciles. Espere un minuto. ¿Sabe qué es Dios?

-No.

-Dios es lo que son sus deseos. ¿Cuáles son sus deseos? Mucha carne y poca plata. De modo que Dios es mucha carne y poca plata. Cuidado con la gonorrea. También ataca la garganta. Eh, espere un minuto. ¿Sabe que soy soltero? Enterré a tres amigas. Debí haber muerto tres veces. ¿Sabe por qué no me muero? Porque les digo a las mujeres lo que deben hacer. Adiós. Eh, espere un minuto. No se olvide. Cuidado con los imbéciles. ¿Sabe por qué? Porque acaba de conocer a uno.

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J. P. Donleavy en Wikipedia

Spider, de David Cronenberg (2002)

 

Basada en una novela de Patrick McGrath , la película nos muestra la vida de Dennis Spider Clegg, un enfermo psiquiátrico que logra salir del manicomio y es hospedado en una pensión como una forma de reinsertarse al mundo. El tema es que no sólo ha estado muchísimo tiempo en el psiquiátrico sino que su nuevo hogar está muy cerca de la casa donde vivía cuando era chico. Poco a poco el personaje va reconstruyendo lo que le sucedió en esa casa: un padre violento y ausente y una madre en la cual él focaliza todo su cariño.  Spider es un chico solitario que tiene la manía de tejer telas de araña en su habitación. Un día su padre conoce a Ivonne, una mujer desagradable, que se emborracha con él. Entre ambos asesinan a la madre de Spider y la entierran en una huerta. Esto es lo que nos muestra Cronenberg, que nos deja un poco pasmados pensando cómo podría Spider recordar eso si no estaba presente. Este tipo de sensaciones se repiten por toda la película, haciendo que uno se pregunte si todo está bien, cuando definitivamente no lo está. Todo ayuda al final, quizás al comienzo nos pierdan un poco los flashbacks, donde Spider ya grande, encorbado y sucio, murmurante, se ve rodeado por las escenas de su infancia.

Spider

Para mí, el cine es una fusión entre la tecnología y la mente humana. Cuando vemos una película es tecnología. Creemos que lo que vemos en la pantalla son seres humanos, pero en realidad vemos una luz modulada por lentes grabada en una cinta o película, de forma que todo es tecnología, pero que está al servicio de una respuesta humana: es todo humano, pero también todo es tecnología. Por ejemplo, en mi última película, Spider, que es una película expresionista en el sentido de que proviene del interior de la mente del protagonista. De forma que cuando lo vemos caminando por las calles de Londres, y las calles están vacías, tú sabes que nunca en la historia de Londres las calles han estado vacías. Pero en la película lo están. Así, el momento en que Spider se queda quieto en medio de la calle es un momento muy expresionista, ya que no es lo que nosotros veríamos si estuviéramos allí, sino lo que siente Spider. Expresa su soledad, su incapacidad de comunicarse con los otros. El cine, por supuesto, es una forma artística de alta tecnología, y no ha podido existir hasta después de 10 mil años de tecnología humana que lo han hecho posible. De forma que yo encuentro cómico, y muy difícil de aceptar para las personas, el decir que la tecnología sea algo inhumano, sea antihumana, cuando en realidad son los seres humanos los que la han creado para que les sirva. (D. Cronenberg)

 

El escritor del libro Spider, que también fue el guionista de la película, es un inglés llamado Patrick MacGrath. Su padre era el jefe médico de la prisión de Broadmoor, un hospital mental para criminales. Y cuando era niño vivía allí, porque su padre vivía allí, era el jefe, y como él dice, los esquizofrénicos y los asesinos sanguinarios fueron sus niñeras, cuidaron de él cuando era pequeño. Por su padre, y por el tipo de educación que tuvo, le preocupaba mucho al escribir el libro el ser muy preciso con los llamados síntomas de la esquizofrenia, pero cuando estaba dirigiendo la película le dije que no tenía ningún interés en mostrar una especie de lista clínica de los síntomas porque estábamos intentando crear a un ser humano, una persona, un individuo, y no me quería preocupar de lo que tradicionalmente se considera que son los esquizofrénicos. Yo creo que, hasta cierto punto, el camino hacia la verdad artística es diferente del camino hacia la verdad científica, y que en un momento determinado se cruzan. Por tanto, para mí resulta interesante haber dicho que no me iba a preocupar de los síntomas de la esquizofrenia y que tú que has visto la película, los reconozcas inmediatamente. Porque es algo de lo que no éramos conscientes, aunque, si la sensibilidad del artista está sintonizada con el tema, la verdad estará presente en la pantalla. (D. Cronenberg)

Fuentes:

La página oficial

Un par de interpretaciones

Artículo sobre la película y su director

Entrevista realizada por Eduard Punset a David Cronenberg.

 

Ver película Online

Anímese: cuente una historia

¿Quiere hacer algo imprevisto y ganarse una cuota de libertad? Cuéntese un cuento. Un cuento que a usted le contaron alguna vez, que recuerda tal vez imperfectamente. Un cuento nuevo, que improvisa mientras cuenta. Un relato de la memoria. Lo que leyó en un libro. Una película. Lo que le sucedió esta mañana mientras salía de casa. Alguna historia para contar hay siempre. Y no tema, siempre va a ver alguien que quiera escucharla, también hay hambre de historias. Es cierto que últimamente es poco lo que contamos. Nos falta la confianza, o la ocasión, o el deseo. Los que cuentan son siempre otros, a nosotros parece tocarnos el papel de espectadores lejanos. Pero usted no haga caso, cuente. No se deje amedrentar por el ruido, por los fragmentos que nos cae encima desde los medios de comunicación, redundantes y perentorios, como lluvia, que llegan sin pedir permiso, sin darnos resuello ni dejarnos espacio para el recogimiento. Usted haga un lado todo eso, y cuente. Tómese tiempo. Pida cuentos también, como hace un niño. Aprenda de él. Sólo un niño, en su radiante prepotencia de niño, sabe pedir un cuento. Dramáticamente, como cosa de vida o muerte, sin pudor ni mezquindades. Piense que el niño sabe bien de qué se trata, aunque usted lo haya olvidado. Cuente, porque contando usted estará horadando los muros de la prisión, ganando espacio. Contar es un acto de libertad muy apreciable. Más todavía: contar y pedir que a uno le cuenten es, en medio de la industria cultural, un acto revolucionario, no previsto y al margen del mercado. Encontrar laboriosamente, después de alguna introspección, algo para contar y tejer desde ahí un pequeño relato personal, que no tenga formato televisivo, constituye una aventura extraordinaria. Antes parecía más sencillo, menos arduo. El que había viajado, el que había leído, el que había vivido podía contar. Tenía para contar, traía historias en el morral, y tenía confianza en poder contarlas. Hoy no entendemos muy bien cómo hay que hacer acopio. Ni cuáles son las historias que vale la pena conservar. Tanto más valiente entonces el que cuente. Y el que pida que le cuenten y pare la oreja y se disponga a la espera. Cuente, vuelva a contar. Piense que, cuando usted cuenta, el tiempo está a sus pies. El tiempo, el gran ogro general, lo obedece. Usted esta ahí -una persona entre muchas- y de pronto empieza a contar. La escena es seguramente trivial, una escena cotidiana, porque usted está de sobremesa, o viajando en tren, o esperando en la vereda. Pero usted empieza a contar y, de pronto, se abre una fisura en la escena. El tiempo de todos los días, el tiempo “natural” digamos (el tiempo dentro del cual su narrar acontece, con su decorado tan conocido) se abre y deja paso a “otro tiempo”, su propio tiempo artesanal, el que usted está fabricando palabra a palabra con su relato.Aparentemente no ha sucedido nada y, sin embargo, la suya ha sido una pirueta extraordinaria. Usted a dado un salto, se ha montado sobre las palabras y tomado las riendas. Se mantiene en equilibrio, tensa la cuerda. Si lo hace más o menos bien, el que escucha penderá de usted, usted será el dueño del cuento y del tiempo por un rato. Leer más

Mira quién llega, Consuelo…

Gabo Ferro


Mira quien llega Consuelo, mirá quién llega
Ha venido la muerte Consuelo ¿para quién llega?
Es una muerte clara, es una muerte lenta
la muerte trae una niña Consuelo
para que aprenda.

Aprenderá jugando, con caballos domados,
con animales viejos, Consuelo, y con peces dorados.
Le da las cosas simples, debe aprender jugando
con leones de circo, Consuelo, y con enamorados.

La niña arrastra a la muerte Consuelo,
cansada ya de jugar.
La muerte anima a su niña consuelo,
al amor lo mata mal.

Servile algo a la muerte, Consuelo,
dulce leche y pan.
Que alimentar su niña, Consuelo,
tiene a la muerte mal.

 

Gabo Ferro

del disco: Todo lo sólido se desvanece en el aire

Vorágine y Maelstrom

vorágine.

(Del lat. vorāgo, -ĭnis).

1. f. Remolino impetuoso que hacen en algunos parajes las aguas del mar, de los ríos o de los lagos.

2. f. Pasión desenfrenada o mezcla de sentimientos muy intensos.

3. f. Aglomeración confusa de sucesos, de gentes o de cosas en movimiento.
(Una lástima que la gente no la use tanto)

Además, la traducción en Inglés también suena bien, cosa que no suele suceder:

Maelstrom

En realidad sería la traducción de la primera acepción de la Real Academia, pero no digan nada.

¿A qué viene esa traducción? A un poema que leí hace mucho y que hace veinte minutos que estoy buscando. Acá va:

Perlas negras: XXV

Allegro vivace.
Oye, neurótica enlutada,
oye: la orquesta desmayada
preludia un vals en el salón;
de luz la estancia está inundada,
de luz también el corazón.
¡Ronda fantástica iniciemos!
El vals es vértigo: ¡valsemos!
¡que viva el vértigo, mujer!
Es un malstrom: encontraremos
en su vorágine el placer.
Valsar, girar, ¡qué bello es eso!
valsar, girar, perder el seso,
hacia el abismo resbalar,
en la pendiente darse un beso,
morir después… Valsar, girar…
Paolo, tu culpa romancesca
viene a mi espíritu; Francesca,
unida siempre a Paolo vas…
¡Impúlsanos, funambulesca
ronda! ¡más vivo! ¡mucho más…!
Valsar, girar, ¡qué bello es eso!
valsar, girar, perder el seso,
hacia el abismo resbalar,
en la pendiente darse un beso,
morir después: valsar, girar…

Amado Nervo

Obvio que cuando le leí no entendí un catzo que era eso de Malstrom.

Ahora sí.

¿Es preciso que el dedo de la muerte se pose en el tumulto de la vida de vez en cuando para que no nos haga pedazos?

Pero si había dormido, ¿de qué naturaleza -no podemos dejar de preguntar- son los sueños como ése? ¿Son medidas reparadoras -letargos en que los recuerdos más dolorosos, los hechos capaces de invalidar la vida para siempre, son rozados por una ala oscura que les alisa la espereza y los dora, por feos y mezquinos que sean, con un resplandor, una incandescencia? ¿Es preciso que el dedo de la muerte se pose en el tumulto de la vida de vez en cuando para que no nos haga pedazos? ¿Estamos conformados de tal manera que diariamente necesitamos minúsculas dosis de muerte para ejercer el oficio de vivir?

En la soledad, el mal tomaba cuerpo rápidamente. Ya entrada la noche, leía a veces una seis horas más, y cuando le pedían instrucciones para carnear la hacienda o para cosechar el trigo, apartaba su infolio y miraba sin comprender. Eso era grave y le partía el alma al halconero Hall, al palafrenero Giles, a Mrs. Grimsditch, el ama de llaves, a Mr. Dupper, el capellán. Un apuesto caballero como él, decían, no necesitaba libros. Que dejara los libros, decían, a los tullidos y a los moribundos. Pero algo peor venía. Pues una vez que el mal de leer se apodera del organismo, lo debilita y lo convierte en una fácil presa de ese otro azote que hace su habitación en el tintero y que supura en la pluma. El miserable se dedica a escribir. Y si eso ya es bastante malo en un pobre, sin otra propiedad que una silla y una mesa debajo de una gotera -pues al fin de cuentas no tiene mucho que perder-, el trance de un hombre rico, que tiene casas y ganado, doncellas, burros y ropa blanca, y sin embargo escribe libros, es penoso en extremo. Se le escapa el sabor de todo; lo torturan hierros candentes: lo roen los gusanos. Daría el último centavo (¡tan virulento es ese mal!) por escribir un solo librito y hacerse célebre: pero todo el oro del perú no puede comprerle el tesoro de una frase bien hecha. Se enferma, cae en una consunción, se vuela los sesos, vuelve su cara a la pared. No importa en qué actitud lo encuentran. Ha atravesado las puertas de la Muerte y conocido las llamas del Infierno.

El lector que haya intimado con las severidades del trabajo de redactar no necesitará pormenores: cómo escribió y le pareció bueno; releyó y le pareció vil: corrigió y rompió; omitió; agregó, conoció el éxtasis, la desesperación; tuvo sus buenas noches y sus malas mañanas; atrapó ideas y las perdió; vio su libro concluido y se le borró; personificó sus héroes mientras comía; los declamó al salir a caminar; rió y lloró; vaciló entre uno y otro estilo; prefirió a veces el heroico y pomposo; otras el directo y sencillo; otras los valles de Tempe; otras los campos de Kent o de Cornwall; y no llegó nunca a saber si era el genio más sublime o el mayor mentecato de la tierra.

Orlando, Virginia Woolf

De cabras y otros bichos…

Y volví. Qué se le va a hacer. ¿Qué pasará? Nadie lo sabe.

Muchos Blogs murieron en el intento. {Aviso a la Asociación Protectora de Blogs que murieron de forma natural, que yo no tengo nada que ver.}

Transición 2010 - 2011.

El que lee y no comenta tiene un sapo en la barriga.

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